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Defender derechos y libertades

El recién finalizado 2018 se caracterizó, entre otras cosas, por el significativo avance de la extrema derecha en el mundo. Precedido y animado por el anterior triunfo de Donald Trump, que llegó a la Presidencia de Estados Unidos en enero de 2017, y los buenos resultados electorales de formaciones de ese espacio en diferentes países europeos, llegando a los gobiernos en algunos de ellos. En España, el fenómeno se materializó con cierto retraso. Estuvo en buena parte frenado porque el PP recogía el voto de un amplio espectro de derechas, también la más ultra.

 

La presidencia de Trump ha estado caracterizada por su discurso y por sus prácticas antinmigratorias, entre ellas su empeño en construir un muro fronterizo con México. Por el impulso a políticas económicas proteccionistas que están generando una enorme inestabilidad internacional y dificultando las relaciones con China. Y por la eliminación de derechos y avances sociales, como el del acceso a la sanidad.

 

En Brasil, la presidencia de Bolsonaro ha comenzado con un discurso extremista sin complejos: ataques al feminismo y a la comunidad LGTBI, anuncios de purgas ideológicas entre los empleados públicos, ataques a los derechos de los trabajadores, mano libre para atentados medioambientales y hasta la propia militarización del Gobierno dejan pocas dudas sobre las intenciones del nuevo Ejecutivo.

 

En Francia, la unidad de las derechas y las izquierdas ha impedido el triunfo en las presidenciales de la ultraderecha en varias ocasiones. En Italia, sin embargo, se encuentran actualmente en el poder.

 

En España, con la estrenada presencia electoral en Andalucía y el papel de sus doce escaños para establecer y dar estabilidad al nuevo Ejecutivo de esa comunidad, no han dudado en exigir a los socios de Gobierno, PP y Ciudadanos, el fin de las políticas que intentan combatir la barbarie de la violencia de género; y comienzan a producirse graves concesiones en este terreno. Es el contraataque ultraconservador al éxito del feminismo en 2018, con ese 8 de Marzo de masivas movilizaciones, y a las transformaciones de una sociedad en la que las mujeres exigen igualdad plena y sin dilaciones en el logro de la equidad en todos los ámbitos.

 

El rechazo al feminismo es una de sus banderas. Junto a otro elemento central: su racismo y xenofobia que muestran, especialmente, en sus posicionamientos contra los movimientos migratorios, culpando a los extranjeros pobres de todos los males de la sociedad. Además de su oposición frontal al estado autonómico reconocido en el título VIIIº de la Constitución y su visión de una España centralista que ni reconoce ni respeta la pluralidad y especificidades de sus distintos territorios.

 

Blanquear la ultraderecha

Ese avance de la extrema derecha está condicionado por una multitud de factores. Es, en parte, consecuencia de los daños económicos y sociales de las políticas de austeridad y recortes, que no solo han empobrecido a amplias capas de la población, sino que las han situado en un marco de mayor inseguridad y vulnerabilidad.

 

La falta de respuestas a esas circunstancias por parte de los gobiernos, también de los pocos socialdemócratas que van quedando en Europa, ha facilitado el desprestigio de la política y de los partidos tradicionales. Y, paralelamente, abierto el camino a las propuestas radicales populistas, con formulaciones simplistas y un discurso que potencia el rechazo y el odio hacia determinados colectivos, como sucedió en los años treinta del pasado siglo con las consecuencias por todos conocidas.

 

Los distintos escándalos que hemos vivido en los últimos años, con numerosas causas judiciales vinculadas con la corrupción también han contribuido eficazmente a ese desprestigio de la política y de las instituciones que puede poner en peligro a la propia democracia, potenciando opciones de corte totalitario. Tampoco han ayudado los que, desde posiciones maximalistas, han extendido la idea de que la política era todo un lodazal y, asimismo, cuestionado la representatividad de partidos y personas que tenían un importante apoyo ciudadano en las urnas.

 

Resulta muy preocupante el avance de las ideas de ultraderecha: centralistas, machistas, racistas, xenófobas, antiecologistas, contrarias a los derechos laborales y nada respetuosas con el conjunto de los derechos humanos. Pero preocupa, de manera especial, la carta de normalidad que le han dado las otras derechas. Lo que, en otros estados, y especialmente en Francia, pero también en Alemania, ha sido el establecimiento de cordones sanitarios, en los que se han implicado activamente los partidos conservadores tradicionales, para evitar su asalto a las instituciones, en España se torna -con tal de tocar poder como sea- colaboración y blanqueamiento de sus posiciones autoritarias. Normalizando a quienes pretenden marginar a millones de ciudadanos y ciudadanas por sus ideas, por su origen nacional o por su opción sexual.

 

Constitucionalismo

Con la trampa previa, además, de su bendición por parte del que está jugando el papel de líder de las derechas en la sombra, el expresidente José María Aznar, que les concede el reconocimiento como “formaciones constitucionalistas”, junto al PP y Ciudadanos, y expulsa al resto de fuerzas políticas. Como si la Carta Magna fuera de exclusiva propiedad de las derechas estatalistas y no patrimonio del conjunto de la sociedad. Resulta además paradójico que se denomine así, constitucionalista, a quien quiere acabar con uno de los ejes del acuerdo constitucional: el estado de las autonomías.

 

En pocos años hemos pasado de discursos políticos que hablaban de la posibilidad de un proceso constituyente en clave de transformaciones progresistas radicales a otros discursos que apuestan claramente por una contrarreforma de la Constitución en el modelo territorial y en los derechos sociales, entre otros asuntos.

Afortunadamente, para modificar de forma sustancial la Constitución del 78 -que pese a su demonización por algunos ha posibilitado grandes avances en estas cuatro décadas, aunque es, por supuesto, actualizable y mejorable- hace falta disponer de amplias mayorías. Lo que constituye, sin duda, un acierto, evitando transformaciones que no dispongan de un amplio apoyo social y obligando a la búsqueda de consensos.

 

Hay que movilizarse activamente por las libertades y derechos conquistados, y que pueden perderse. Hay que continuar trabajando por una sociedad democrática, descentralizada, plural, feminista, defensora del medioambiente, inclusiva y acogedora. Hay que combatir las propuestas autoritarias desde unas instituciones transparentes, volcadas en la defensa de los derechos humanos y capaces de dar respuesta a las necesidades de empleo, vivienda o calidad de los servicios públicos. Solo así se logrará quitar base social a la extrema derecha y evitar que se repita una historia que no hace tanto, en la primera mitad del siglo XX, llevó a la humanidad a vivir una de los periodos más violentos, crueles y execrables.

 

Román Rodríguez es portavoz parlamentario y presidente de Nueva Canarias.